Me di cuenta, sin darme, bien pequeña.
Yo hablaba a las muñecas, y las hablaba... y aún más, las reñía.
Pero nunca cambiaban su cara.
Entonces.
Se crearon otros ojos, los de la imaginación. ¿Los ves dibujados sobre estas cajas?
Sí.
Las muñecas se quedaron en el mundo del plástico y la mirada se fue al otro mundo de la carne; ese mundo en el que los hijos son de verdad, aunque tengas cinco años.
Publicado el 28/9/2009 a las 11:59
Etiquetas: Escritura. pensamiento
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