Observo la Navidad así, envuelta. No escondida, no; tampoco arrinconada, no. Siempre de frente, dando la cara. Pero sí, detrás de un plástico, detrás de un mueble, en un trastero de algún lugar.
El portal de Belén podría ser hoy un andén de metro. Cualquier hueco cóncavo de esos que crean las obras de los puentes, en las ciudades, se convierte en agreste cuna que protege del frío, del viento, y eso lo saben bien los homeless de Los Ángeles. Los agujeros rurales traen bichos, a veces humedad, sombra; casi siempre reposo, descanso ante tanta fatiga litigante del entorno.
Ningún día es más importante que otro. Ningún trastero es menos importante que una mansión. Ninguna religión es más importante que otra. La trascendencia nos filtra la luz, la energía; y las ganas de paz deben tumbar los muros. Si los lienzos del mundo hablaran desde las paredes o desde los trasteros, nos dirían, ey, no pierdas la vida litigando, que el amor es común a todo ser humano.
En Los Ángeles, por prudencia, no se dice Feliz Navidad, todo queda en unos deseos de Felices Fiestas, algo común para todas las culturas y religiones, igual que la risa , el consumo, la fiesta. Lo demás es prudencia. Tanta prudencia que a veces aplasta. Yo, en cambio, adoro las equivocaciones, las excepciones, las confusiones. Sólo detesto los malos entendidos, que no tienen nada que ver con lo anterior.
No encuentro la ofensa en la equivocación de según a quién dirijas tus deseos. ¿Acaso no es lo mismo en realidad? Son deseos genéricos para que, cada cual, siga siendo y estando como quiera estar en la tierra. Entre bullicio y bolas de colores en realidad nos estamos deseando no guerra. Y paz.
Feliz 2016.
Publicado el 27/12/2015 a las 11:05
Etiquetas: Navidad, paz, Los Angeles
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